Me asomé desde la puerta de mi despacho a la sala de espera para que entrara el siguiente paciente y vi venir hacia mí a una joven que parecía caminar sobre nubes, como si no fuese una persona, sino algo etéreo en movimiento. Era una anoréxica de las llamadas crónicas, puesto que estaba en ese estado desde hacía años. Se sentó, en actitud humilde, con una mirada que parecía la de un cervatillo asustado ante su depredador. Intentando ser lo más suave posible, como si estuviese caminando sobre un suelo de sutil cristal, comencé a hacerle la serie de preguntas habituales, encaminadas a la comprensión de su problema. La joven me contó que estaba en los 40 kilos desde hacía ya ocho años, que había hecho otras recuperaciones en hospitales y clínicas especializadas, que se había sometido a tratamientos de alimentación forzada, así como a diferentes formas de tratamiento psicológico, y que, además, durante aproximadamente dos años, había sido hospitalizada en una comunidad junto a otras «compañeras». Ninguno de los anteriores tratamientos le había dado un resultado positivo; en el mejor de los casos, se había observado una mejoría en lo físico, es decir, un aumento de peso, pero ningún cambio desde un punto de vista mental, permaneciendo invariables su fijación por la delgadez y su miedo a la comida. Como consecuencia de todo esto, después de algunos meses la mejoría fisiológica decrecía hasta volver de nuevo a la situación de partida. Me refirió que sus padres se habían resignado a su situación y su decisión de venir a mi consulta la habían acogido con gusto, pero con gran escepticismo. En ese momento, le pregunté qué era lo que le había inducido a dirigirse a mí después de tantos fracasos de ilustres colegas con su caso. Su respuesta creo que completa el cuadro de la situación que tenía enfrente.

La paciente me comunicó que decidió dirigirse a mí por el consejo de una ex compañera suya anoréxica que conoció dentro de una de las clínicas especializadas en la que se había recuperado, durante un largo período, y que le contó que había conseguido hacer frente con éxito a su problema con mi ayuda. La ex compañera contactó con ella después del tratamiento del mismo modo que lo intentó con las otras siete pacientes anoréxicas que formaban parte del grupo de sujetos sometidos al mismo tratamiento dentro de la clínica y que, después de los encuentros de grupo y de «las afinidades electivas», establecieron una fuerte unión entre ellas. La amiga llegó a su casa llorando. ya que ellas dos eran las únicas supervivientes: las otras siete se habían muerto. Esta noticia le perturbó de tal manera que, unida a la imagen de su amiga desolada, implorándole que intentara algo que a ella había funcionado. le acabó decidiendo.
Creo que el lector comprenderá el pathos que se creó en el diálogo con la paciente y cuál fue la seriedad de la situación. Para este caso, como todos los de trastorno anoréxico estructurado, fue importante intentar establecer, durante el primer encuentro, una relación muy emotiva, en la que la paciente no se sintiera ni juzgada, ni rechazada, ni empujada directamente comer. Como expresa Blaise Pascal claramente en “Pensamientos”, cuando se quiere corregir eficazmente a alguien respecto a un comportamiento irracional, antes que nada, hay que tener su mismo punto de vista hasta percibir que lo que siente es lógico y razonable y, después, evitando cualquier crítica, añadir algo que la persona crea que no es peligroso contrario a sus convicciones. Esto que se añade sin eliminar nada, si está bien pensado, dirigirá la evolución de los eventos hacia el cambio «espontáneo» del comportamiento anterior. Hace muchos siglos, Lao zi, citado a su vez por François Jullien (1999), en su Tratado de la eficacia, afirmaba respecto al cambio de las situaciones más difíciles que: «Lo ideal es que el efecto pase inadvertido y el cambio ocurra como una inclinación casual de los acontecimientos». La sesión culminó con la siguiente prescripción: “de aquí a cuando nos volvamos a ver quisiera que hiciera sólo una cosa por mí, una cosa que me ayudará a conocerte mucho más que tantas charlas. Por las noches, cuando te vayas a la cama, sobre la almohada y como última acción del día coge papel y escribe una carta que me dirigirás a mí. Me gustaría que la comenzaras con "querido doctor", y después quisiera que escribieras todo lo que se te pasara por la mente, pasado, presente o futuro, memoria, fantasía o realidad, todo lo que se te pase por la cabeza.

Cuando la hayas terminado de escribir, firma la carta, la metes en un sobre y la cierras sin releerla, y la próxima semana me las traes todas». Esta prescripción contempla dos efectos: el primero es consolidar la terapéutica establecida la sesión, creando un contexto de exclusividad de la relación misma; el segundo, mucho más importante, es provocar en la persona abstinente la agradable sensación de comunicarse íntimamente con alguien. Este último efecto, si se obtiene, representa una primera hendidura en la armadura. forjada la de cualquier sensación, dentro de la que la anoréxica se ha aprisionado. Todo dentro de una comunicación, dirigida por cl terapeuta, en el ámbito de la terapia. La joven, en el encuentro siguiente, llevó las siete cartas y manifestó que al principio esta tarea le había parecido molesta y banal, pero después, una vez que comenzó, se soltó incluso contándome cosas que le habría avergonzado decírmelas personalmente. Le agradecí que me diera esta confianza y procedimos a examinar lo había escrito. Luego, valorando lo que le había sucedido en esa semana, me que, después de mucho tiempo, había sentido la necesidad dc tener contactos sociales que hasta entonces había evitado completamente. Me contó que se puso en contacto con la amiga que le sugirió que viniera a mi consulta y le expresó su satisfacción tras nuestro primer encuentro, y también que llamó por teléfono a una prima de la misma edad para organizar una salida juntas, Así fue como después de mucho tiempo pasó varias horas paseando por el Centro con su prima, sin inquietarse. Es más, se divirtió. Aproveché la ocasión para sugerirle que cultivara estas situaciones y que procediera, cuando estuviera fuera de casa, entre la gente, a poner en práctica un pequeño experimento: «Cada vez que te encuentres en un sitio con gente. compórtate como si fueras una mujer seductora, de las que están seguras de sus en cantos. por ejemplo, lanza alguna mirada y quizás alguna sonrisa, tengo curiosidad por comprobar qué efecto te producirá». A esta prescripción la paciente respondió con una leve maliciosa sonrisa y una mirada más iluminada de lo habitual. Le indiqué que, además, siguiera escribiéndome las cartas nocturnas.

En el tercer encuentro me dijo, después de haberme entregado los sobres con las cartas, que, en esa semana, además dc gustarle escribirme, se divirtió al poner en práctica mi segunda prescripción. De hecho, me conto que para ella fue francamente agradable representar el papel de una mujer llena de encantos y que las miradas y sonrisas que lanzaba la mayoría de veces eran correspondidas con otras tantas sonrisas y miradas de complicidad, lo que resultó verdaderamente placentero. El clima de nuestro diálogo comenzó a estar menos cargado de pathos y más lleno de sutil satisfacción y, sobre todo, nuestra conversación se orientaba, cada vez más, a los pequeños pero precisos cambios, que estaba experimentando. En este momento, mantener las dos anteriores prescripciones, le sugerí tercer experimento: «Como lo has hecho muy bien hasta ahora siguiendo mis indicaciones y experimentando novedades agradables, quisiera hicieras otro experimento, aunque tengo que advertirte que éste experimento te parecerá más peligroso. Quisiera que de aquí a la próxima vez que nos veamos te concedas, cada día, una pequeñísima transgresión a tu rígido orden alimentación. Te pido algo pequeño, por ejemplo, una chocolatina, un trocito pequeño de un dulce o pastel salado; en definitiva, de cosas tú sabes que te gustan, pero a las que les tienes tanto miedo. En otras palabras, quisiera que, sin modificar de ninguna otra manera tu dieta compuesta de fruta y verdura, añadieses una pequeñísima transgresión diaria. Te pido que lo hagas a escondidas, sin que los tuyos lo sepan; será nuestro pequeño secreto». La paciente. algo inquieta, aceptó el experimento, aunque me dijo que no sabía si lo llegaría a hacer. En el encuentro siguiente la joven se presentó con un look mucho más femenino, un nuevo corte de pelo y una expresión francamente abierta. Me contó que había salido todos los días con su prima, que había conocido a muchas personas y que ya no se sentía en peligro entre la gente; es más, todo esto se había vuelto para placer diario necesario.

Además, al compararse con otras chicas, decidió revisar su look demasiado retocado, y, por último, me contó que también había realizado la temida prescripción. A este respecto me dijo que tras el miedo de las primeras veces esta costumbre se había vuelto agradable y que cada día se había concedido una pequeña, pero sabrosa, transgresión alimentaria. Por último, dijo que no había escrito más cartas nocturnas, ya que no había sentido ni necesidad ni deseo, y por eso se sentía algo culpable, conmigo. Le aseguré que estaba previsto en mi guion terapéutico y que estaba contento de que ahora su atención estuviera más centrada en la relación con los demás que en la relación conmigo. Le sugerí, además, que aumentara un poco la dosis de lo que ahora no le parecía espantoso, sino agradable. En resumen, intentara incrementar su habilidad al relacionarse con los demás, representando el papel de fascinante seductora, y que añadiera a la pequeña transgresión alimentaria una segunda transgresión.
Una semana después, la paciente me contó un suceso que le impresionó. Una tarde se dio el gusto de ir una pizzería con unos amigos, permitiéndose comer una buena parte de una pizza. Lo que a ella verdaderamente admiró fue que la situación no le asustó, es más; le gustó. Me explicó que le había resultado natural, que no tuvo esforzarse y que eso a le resultó verdaderamente sorprendente. Tras aquella experiencia emotiva correctiva, la joven incluyo en las comidas, además de la verdura, un poco de pizza. Los padres celebraron esta especie de milagro después de muchos años de alimentación rígida y abstinente. Desde este momento, la terapia continuó simplemente siguiendo el curso de la corriente producida. A lo largo de aproximadamente seis meses, la joven incluyó en sus comidas lo que más le gustaba y su peso se recuperó completamente; también su estética había evolucionado a la vez que representaba el papel de mujer seductora. Había vuelto a ser, como antes de su trastorno, una mujer muy atractiva y con mucho encanto. Como diría Pascal, “compórtate como si te lo creyeras, la fe no tardará en llegar» o, como se afirma en Suttapitaka «todo lo que es el resultado de lo que hemos pensado». De este modo, a ella, representar el papel “como si” le había llevado a concretar esta realidad. En otros términos, esta terapia representa la construcción de una realidad inventada que ha producido efectos específicos. La prueba final cambio radical por parte de la ahora ex anoréxica fue, además de la recuperación sus funciones fisiológicas correctamente, establecer una relación amorosa o u nuevos vínculos afectivos. Creo la mejor manera de comentar lo que es el trabajo sutil y delicado que hay que realizar con los pacientes anoréxicos es que debernos proceder como cuando se talla un diamante: dando golpecitos precisos en el sitio justo, sin que éstos sean ni demasiado fuertes ni demasiado suaves, porque si no, el diamante no se talla o se rompe. De la misma no hay que olvidar que los cambios se obtienen a través de pequeñas transformaciones y alteraciones del rígido equilibrio patológico, que hacen que surja en la paciente lo que de forma natural posee. Como dice el Bhagavad Gita, “el abstinente huye de lo que desea, pero se lleva su deseo consigo».

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